Vaya si nos hemos reído esta semana con la broma al presidente electo de Bolivia. No ha llegado el día veintiocho y ya nos duelen las meninges de puro descojone. Frente al extendido tópico según el cual la derecha carece de sentido del humor, podría esgrimirse una interminable colección de links que son para partirse vivos; pero, para saber de qué lado del espectro político está la risa, al lector avezado le basta con asomarse a la fina ironía de unas declaraciones por aquí, o al desenfadado gracejo de un artículo por allá. Es entre esas dos modalidades humorísticas donde hay que ubicar el cachondeo con el indiecito (no olvidemos que el vacile telefónico no es un género fácil de cultivar: yo mismo lo pude comprobar cuando tenía trece años y me dejaban sólo en casa con un amiguito y una botella de dos litros de coca-cola), genial ocurrencia que lleva el sello inconfundible de Federico: el espíritu irreverente y zumbón del periodista insobornable que no se deja amedrentar por el acoso de cuatro resentidos.
Otro tipo de diversión muy distinto —que nadie piense que establezco perversas conexiones— consiste, por ejemplo, en prender fuego a un mendigo en un cajero automático. Es la clase de noticia que así a primera vista nos desconcierta, sobre todo cuando leemos que los autores son unos chavales “de clase media, gente normal”. La gente normal, en virtud del más impecable de los razonamientos, es por tanto aquella cuyos retoños queman mendigos para divertirse; pero de acuerdo con esta misma lógica no es en la gente normal donde hay que buscar las causas de este tipo de conductas. Como todo el mundo sabe, estos comportamientos eran antes producto del rock y la televisión; y hoy lo son del rock y los videojuegos. Para acabar con ellos, entonces, bastaría con que la gente normal vigilara con cuidado el consumo cultural de sus muchachos. Habría que evitar, por ejemplo, que escucharan a grupos de este tipo, y al mismo tiempo desplazar los videojuegos megaviolentos en favor de propuestas como Apilador, donde el jugador interactúa en primera persona con un entorno libre de conflictos, porque sólo hay cajas de cartón, marrones y homogéneas; además, mientras nos divertimos adquirimos las valiosas habilidades de un reponedor de Alcampo. Bloqueadas estas dos vías de agua, los chavales se abalanzarán sobre la cultura clásica. No habrá quien les quite de las manos a Homero, y aprenderán de memoria episodios de la mitología griega.
Como el de Cronos, por ejemplo. Cronos castró a su padre, que probablemente era un dios muy normal. Con una hoz.

Los 4.400 golpes de efecto

diciembre 15, 2005

Esta semana hemos podido ver cinco episodios norteamericanos de Los 4.400 caprichosamente comprimidos por Antena 3 en dos telefilmes de dos horas y pico cada uno. Un meteorito se acerca veloz a la tierra acojonando al personal. Cuando ya están todos móvil en mano comentándole a su padre que le quieren mucho y que lo de la gasolinera fue un despiste, el meteorito decelera prudentemente y les deja el Marrón Cósmico. Se disipa una nube de humo y emergen cuatromilcuatrocientos mendas de todas las edades, como si en pleno concierto de los Rolling desaparecieran las gradas del estadio: son los abducidos, que vuelven a casa por navidá.
A partir de aquí, la serie es un astuto engendro televisual con ingredientes de Expediente X, La Patrulla X y Encuentros en la Tercera Fase (sin equis). Los 4.400 tienen ciertos problemas de adptación, se ven incomprendidos por su entorno familiar, encuentran dificultades para acceder al mundo laboral y muestran síntomas de una desorientación existencial muy posmoderna; pero esto no les convierte en personas normales. Al contrario, algunos han regresado con prodigiosas capacidades que electrizarán los miedos de la clase media y atraerán el interés de los federales. El planteamiento aquí resumido, sin ser el colmo de la originalidad, permite derivaciones muy sugerentes —en nuestro contexto, por ejemplo, explicaría qué fue de los franquistas españoles en los años setenta—, pero todo lo que deja son cabos sueltos —no explicaría, por ejemplo, dónde se ha metido todo ese facherío tras su regreso—.
Hasta la próxima temporada no sabremos cómo se resuelven las dos grandes líneas argumentales en suspenso: 1) quién, y por qué, se los llevó de paseo (aunque algo se avanza a este respecto en el último momento), y 2) de quién es el niño (quien haya visto la serie me entenderá). Y a ese punto quería llegar yo: ¿alguien ha visto la serie? ¿Merecía un post? ¿Qué me está pasando?

La dalia negra (2006)

diciembre 12, 2005

Recojo la noticia que nos adelanta el Príncipe de las Tinieblas y del ruso blanco, y aprovecho para agradecerle la recomendación literaria: precisamente la última lectura de mi exilio septentrional ha sido esa novela salvaje y enfermiza, hecha de pulsión obsesiva y frases como dentelladas. Los críticos de orientación freudiana encontrarán en el talento de Ellroy un caso de sublimación para chuparse los dedos, a juzgar por ciertos fragmentos autobiográficos extraídos de Destino: la morgue. Previamente a su lectura, me permito recordaros con Nietzsche que la vida del autor es sólo la condición preliminar de su obra, su cálido suelo, “y a veces el abono y el estiércol sobre el cual y del cual crece aquélla”. Si no hay exageración en lo que cuenta, hay que agradecer a este hombre que haya decidido escribir novelas negras en lugar de inspirarlas.
En cuanto a la versión cinematográfica de La dalia, corre el rumor de que a Ellroy no le gusta nada el reparto (Josh Hartnett carece de la dentadura equina que caracteriza a Bucky Bleichert). Pero al margen de tan elevadas exigencias, creo que L. A. Confidential es un digno precedente como adaptación, y de Brian De Palma puede esperarse (como mínimo) familiaridad con el género y algún destello de su propia cosecha. Estaremos atentos.

Expediente Burns

diciembre 8, 2005

Ha sido una impagable fuente de inspiración para el arranque de mis primeros posts, pero esta vez —y sintiendo mucho decepcionar a Kalucifer— no haré comentarios. Llego tarde a los chistes sobre Benemérito XVI; la propia fuerza de la imagen me ha paralizado, como si me hubiera pedido los papeles del inconsciente. Quizá porque las asociaciones, distorsiones, hipérboles (y cualesquiera otros mecanismos del humor) en ocasiones se ven superados por estas piruetas en las que Lo Real salta por encima de la imaginación (de la mía, quiero decir). Pero hemos dicho que no haríamos comentarios.
Lo que hoy me trae a la marmitácora es la resolución de un misterio que ha traído de cabeza a los más eminentes zoólogos y ufólogos de todo el mundo: la nueva especie de mamífero descubierta en la provincia indonesia de Kalimantán, en el corazón de la isla de Borneo. Mi olfato semiótico (y una sencilla búsqueda en Google) me han permitido desvelar la naturaleza de esta enigmática criatura con la morfología del lemur de Madagascar y los ojos alucinados de Marty Feldman puesto de bencedrina:
Me satisface que poco a poco se vaya disipando la polvareda conspiratoria en torno al M.V.N.I. —el incidente aéreo sin consecuencias más destacado del año—, y se descarten las hipótesis paranoides sobre el supuesto impacto de supuestos objetos sobre el helicóptero. La espiral de sospecha alcanzó su cota máxima cuando un sagaz comentarista en Escolar.net abrió una nueva línea de investigación al remontarse a un viejo incidente: el del pastor que derribó un helicóptero del ejército de una pedrada en la turbina.
—Es que el cabrón me espantaba las ovejas.
Declaró.
Admitamos que Rajoy contribuyó admirablemente a la tranquilidad general cuando dijo haber tenido “una mezcla de conocimiento e intuición” (Kant hubiera alucinado) que le advirtió del inminente impacto. Me veo obligado a reconocer, en contra de mis simpatías, que este asombroso sexto sentido —que la parapsicología llama precognición— puede ser en un estadista un superpoder mucho más valioso que el supertalante, siempre que caiga en las manos adecuadas y no se utilice para hacer el Mal. Deseamos con toda sinceridad que no haya secuelas traumáticas y que su jefe de prensa no se vea obligado a sedarle antes de un vuelo (como al del Equipo A, decía Buenafuente) o a llamar a un taxi, siguiendo los pasos del entrañable y campechano presidente cántabro.

La mala noticia del día —se veía venir— es que definitivamente han chapado el limbo. No le veo la gracia al asunto, y me sumo a los emergentes movimientos de protesta. Ante todo porque me preocupa la suerte de todos esos millones de almas que exigirán ser realojadas en algún sitio, y no creo que en el purgatorio haya pisos de protección oficial para todas: téngase en cuenta que el limbo albergaba las almas no sólo de los niños sin bautizar (limbus parvulorum), sino también las de aquellos infelices que, aún siendo buena gente, nacieron Antes De Cristo (limbus petrum). Y si se les ocurre reclamar la okupación del Más Acá, donde ya tenemos bastantes problemas de integración intercultural, habrá que vérselas con una legión de ectoplasmas sin papeles que intentarán ganarse la no-vida como buenamente puedan, a salto de mata y sin respetar nuestros arraigados usos y costumbres: arrastrarán sus cadenas por los pasillos de la Seguridad Social, aullarán (auténticas) cacofonías en el top manta, se hacinarán en vuestro frigorífico, y harán batir las contraventanas en medio de la noche, mientras el dial de vuestro transistor se mueve solo, zzz, zzz, a uno y otro lado con la espasmódica inquietud de una cucaracha, para terminar siempre, obsesiva y tenazmente, sintonizando la COPE.

Y, entonces, ¿a quién váis a llamar?

Leo que el Vaticano (inagotable fuente de perplejidad) ha tomado la determinación (oficial) de no admitir en el sacerdocio a “aquellos que practican la homosexualidad” o que “son cercanos a la llamada cultura gay”. Son indulgentes, como cabía esperar, con aquellos locuelos que sólo han padecido una “adolescencia incompleta”, siempre que demuestren haber superado sus tendencias al menos tres años antes de la ordenación diaconal. De modo que ya sabéis: si esa es vuestra tendencia (me refiero a la sexual) y aquélla vuestra vocación (me refiero al sacerdocio), id pensando en otras posibilidades, como por ejemplo ingresar en los Royal Marines de Su Majestad, que parece que entienden (en sus ritos iniciáticos pelean juguetonamente desnudos y cubiertos de barro). Aunque no es éste el único asunto en el que trabaja este productivísimo papado: como han cerrado el limbo (un garito muy de moda en el Más Allá, que según San Agustín estaba un poquito mejor que el infierno pero con el mismo garrafón), una Comisión Teológica Internacional reflexiona sobre la suerte de los niños muertos sin bautizar, que antes iban por allí, de botellón. Ahora no pueden: cierto que no han tenido tiempo de cometer ningún pecado, pero está el Pecado Original, la Gran Culpa Colectiva Hereditaria o Hipoteca de Adán. Y esa es una situación incómoda, como la nacionalidad del niño que nace en pleno vuelo sobre el Ampurdán a bordo del Iberia-309 Múnich-Tenerife, sólo que comprometiendo todo el Diseño de Salvación Universal de Dios, que no es una broma redactada en cuatro días como el Estatut, hombre. Claro que también es mala suerte nacer en, digamos, Guatemala, mientras un huracán con nombre de pija está arrasando tu choza, morir, llegar al limbo (que ya en sí mismo suena algo precario y como de paso), y que te digan:
– Está chapado.
Como véis, en estas aparentes sutilezas teológicas se dirimen cuestiones de la mayor importancia. Quien lo dude, deténgase a reflexionar sobre la noticia del día: todo un aviso para escépticos, por no decir un milagro. Nunca nadie que no fuera el torero había mirado tan de frente a la muerte en una plaza (claro que tampoco nadie había salido de ella volando y con una luxación en un dedo por toda consecuencia): no es un pájaro, ni un avión, sino el Mariano Volador No Identificado.
Continuará.