If you do things more than once they tend to get boring.

(Entrevista para Film Comment, enero / febrero de 2006).

Gracias, Lars.

Leonard Nimoy, el actor fundamentalmente conocido por su papel de Mr. Spock en Star Trek, parece haber sido un hombre perseguido por la larga sombra de aquella interpretación que desde los sesenta ha eclipsado el resto de sus logros creativos. El hecho de que haya escrito dos autobiografías tituladas, respectivamente, I Am Not Spock (1977) y I Am Spock (1995) indica que su relación con el personaje ha debido de ser, digamos, mmm, problemática, ambivalente y conflictiva. Pero resulta que Nimoy ha sido en realidad un polifacético artista. Por ejemplo, ha hecho fotografías (bastante malas, aunque a ésta que véis le encontré cierta gracia, como involuntario homenaje de mal gusto a las ménades danzantes), ha escrito poemas (éstos sí que son malos) y tiene una extensa discografía (y ahí es donde, de puro malo, lo kitsch alcanza la velocidad de escape de lo sublime: si no me creéis, vedlo con vuestros propios ojos aquí -o, si no, aquí-).
Empecemos por reconocer la sobria elegancia de George Clooney, y no sólo para llevar como nadie las americanas sin corbata. Con Buenas noches, y buena suerte ha bordado una película tan contundente y eficaz que casi le devuelve a uno la confianza, si no en Hollywood, si al menos en la posibilidad marginal de hacer películas que no sean oportunistas adaptaciones de un reciente best-seller, grandilocuentes epopeyas pseudohistóricas, alérgicas comedias románticas o cualesquiera combinaciones de estos elementos. Ciñéndose a la crónica de las hostilidades iniciadas en 1954 por el periodista Edward R. Murrow desde su programa de la CBS contra el senador del lado oscuro por Wisconsin Joseph McCarthy, Buenas noches, y buena suerte es un relato compacto y austero, sin presuntuosos artificios de dirección ni líneas argumentales innecesarias. Y subrayaría particularmente algunos aciertos: por ejemplo, la elección de David Strathairn para el papel protagonista, que se mantiene siempre al filo del colapso dramático (como observa mi querido D. en su crítica, “un hombre sudoroso, aterrorizado y falto de resuello por el riesgo que corre cada vez que hace lo que cree que tiene que hacer”). El impecable empaste de material filmado e imágenes de archivo, entre los cuales resulta difícil distinguir las costuras. Y la capacidad de evocar la atmósfera nociva y asfixiante del macartismo mediante el astuto tratamiento del espacio (apenas hay otro que el interior claustrofóbico de la redacción, y los acontecimientos del exterior no encuentran otro medio de entrar en ésta que las propias pantallas). Ni siquiera los omnipresentes cigarrillos (ni su publicidad televisiva, aparentemente trivial) son en esta película un detalle decorativo: las denuncias del periodista sobre la silenciosa sumisión de los medios a los intereses de los anunciantes adquieren un matiz cruelmente irónico si sabemos que Murrow, fumador incansable, murió en 1965 de cáncer de pulmón. Más que una película de tesis, Clooney ha logrado algo así como una película-editorial, una toma de partido transparente y concisa con las palabras justas. Quizá la mejor sobre periodistas que he visto desde Todos los hombres del presidente.
En cuanto a la oportunidad de una crítica edificante sobre el espíritu periodístico, no creo que haya mucho que decir. En todo caso, sugiero que la salvación no puede buscarse ya en la reivindicación nostálgica de figuras heróicas de la historia de la profesión. La actitud de Murrow -como la de ese otro gran monstruo bicéfalo del periodismo que fue el Woodstein– sigue siendo para mí afectiva e intelectualmente emocionante. Pero siempre hay unas condiciones bajo las cuales estas figuras son posibles (y respecto a las condiciones que hicieron posible, oportuno y eficaz el ataque de Murrow a McCarthy puede consultarse este esclarecedor artículo). Ni la CBS ni el Washington Post ni ningún otro medio -convencional- es lo que era, por decirlo de un modo que me permita terminar esta entrada (¿alguien se imagina hoy un cara a cara, o simplemente algo parecido a la réplica de un diálogo, entre un periodista y un político como el que tuvieron Murrow y el senador del lado oscuro?). Como prueba irrefutable de que mi desolado escepticismo en este punto está más que justificado os propongo un reciente ejemplo de atrevidísimo periodismo de investigación en España. Ni el Watergate, ni las actas de la reunión de Carod-Rovira en Perpiñán, ni los vuelos secretos de la CIA. El programa de Telecinco El buscador, jugándose su permanencia en antena desde el primer día, descendiendo a pulmón hasta el más cenagoso subsuelo del poder, ha denunciado valientemente la siniestra trama conspiratoria que ha llevado a Las Ketchup a representar a españa en el festival de Eurovisión. Porque al final, todo se sabe.
Hoy en La Marmitácora, una viva recomendación literaria: Alcantarillado, gas y electricidad (Ediciones salamandra, 2004), de Matt Ruff.

Resumir el argumento de la novela es más difícil que enumerar algunos elementos del cuadro. Es el año 2023. Guerras, plagas y desastres ecológicos campean a sus anchas. Los problemas raciales han remitido desde que en 2004 una pandemia prácticamente borrara a los negros de la faz de la tierra, aunque unos serviciales robots fabricados en serie –electric negroes– conservan el aspecto y las ocupaciones tradicionales de aquéllos. Un grupo ecoterrorista surca los siete mares en un submarino verde y rosa diseñado por Howard Hughes. Un cuerpo especial de limpieza persigue criaturas mutantes –como un inmenso tiburón blanco que atiende al nombre de Meisterbrau– en las fétidas entrañas de Nueva York. Y además: una marcha sobre la santa Sede de setecientas monjas feministas reclamando sus derechos. Un excombatiente del gran conflicto africano, obsesionado con la misteriosa desaparición de libros eróticos de las bibliotecas públicas. Una simulación holográfica de la novelista y filósofa ultrareaccionaria Ayn Rand guiando a los personajes que tratan de desvelar una oscura conspiración en la que están implicados un superordenador y J. Edgar Hoover. Y Walt Disney.

Puede leerse el primer capítulo (en inglés) aquí. Sería imperdonable desvelar más.

El autor (en segundo plano), satisfecho de su obra y su mascota.