El cobro de intereses ha sido tradicionalmente condenado por todas las religiones como usura. Pero el banco británico Lloyds TSB ha encontrado una fórmula para ofrecer cuentas corrientes e hipotecas que respeten la ley islámica, abriendo sus brazos a nuevos clientes con inmensa generosidad (aunque sólo Alá es más grande).
El capital sí que sabe nadar y guardar la ropa. Leyendo la noticia he recordado una astucia similar. La carne de cerdo no es kosher. Las leyes israelíes prohíben criar cerdos en tierra santa. Para evitar transgredir este mandato, en algunos kibbutz se adoptó la solución de instalar en los establos plataformas de madera a unos centímetros del suelo. De esta forma los animales impuros nunca tocan suelo israelí y su carne puede ser exportada. Nada como una interpretación rigurosamente literal de la letra de la ley para traicionar con toda tranquilidad de conciencia eso que siempre se ha llamado su espíritu.

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Edward Gorey (1925-2000)

junio 15, 2006

Algunos enlaces:

Biografía en la Wikipedia
Bibliografías [1][2][3]
Extractos de The Gashlycrumb Tinies (1963)
Selección de libros de Gorey en formato PDF

Ahora que el freakismo sale del armario y se autoafirma como tribu urbana (porque ha llegado el momento de la venganza de esos chavales a los que les pisaban las gafas de pasta en los recreos y que hoy se disponen a dominar el mundo desde la ocupación estratégica de las profesiones más cualificadas), ahora, decía, vamos a inaugurar La Marmitácora de este mes con una nueva y prometedora sección en la que iremos rescatando las mejores peores películas que hemos visto, auténticas piezas escogidas del vertedero de la cultura pop con las que rendir homenaje a ese lado freak que todos albergamos (aunque no hayamos participado en ningún campeonato de lanzamiento de disco duro ni tengamos profesión cualificada conocida).
Una de esas joyas dignas de rescate es It Came from Outer Space (1953), dirigida bajo la efímera moda de las 3-D por Jack Arnold (quizá más conocido por El Increíble Hombre Menguante) a partir de la historia de Ray Bradbury
The Meteor. John Putnam (Richard Carlson, al que probablemente desconoceréis por títulos como The Magnetic Monster) disfruta de una tranquila velada junto a su prometida Ellen (Barbara Rush), contemplando las estrellas sobre el desierto de Arizona, cuando un meteorito atraviesa el cielo nocturno y va a estrellarse cerca de una mina abandonada. Poco después, mientras explora el lugar del impacto, John descubre una nave alienígena; pero, ay, antes de que alguien más pueda corroborar su testimonio la ladera del cráter se derrumba sepultando el hallazgo. Nuestro protagonista, víctima del síndrome de Casandra, será objeto de cachondeo de la prensa local y de los astrónomos llegados de prestigiosas universidades: tampoco el sheriff Matt (que ya tenía calado a John porque le había levantado la novia) da mucho crédito a las fantasías de ese tipo soñador y aficionado al telescopio, poco comprometido con la vida de la comunidad y al que describe como «individualista y solitario… un hombre que piensa por sí mismo».

Sirius, tenemos un problema: el Yakolev del espacio exterior, poco después del accidente.

Pero los acontecimientos se precipitan, y antes de que las sonrisas burlonas desaparezcan de los rostros de los escépticos empiezan a ocurrir cosas muy raras, mucho más que las del ayuntamiento de Marbella. Los extraterrestres andan por ahí sueltos, abduce que te abduce, como pronto comprueban dos pobres buenos chicos del servicio de mantenimiento del tendido eléctrico. Aún más, en una memorable escena semejante a una advertencia publicitaria sobre los riesgos de la conducción bajo los efectos de sustancias psicotrópicas, John y Ellen están a punto de atropellar a uno de ellos (una modalidad de encuentro en la tercera fase, también anticipada en Sin noticias de Gurb, de lo más previsible si alguna vez los hombrecillos verdes cometen la imprudencia de aterrizar en superficie terrestre asfaltada). Sin embargo, estos alienígenas no son invasores hostiles dispuestos a aniquilar a la humanidad –como en la versión cinematográfica de La Guerra de los Mundos, del mismo año-, ni ladrones de cuerpos –como los del famoso título de 1956-, pues sólo los toman prestados para pasar desapercibidos. Tampoco son paternales ángeles guardianes como el Klaatu de Ultimátum a la Tierra (1951); sencillamente son unos viajeros espaciales extraviados que han tenido un accidente y tratan de reparar su nave para volver a casa. Así se lo hacen saber a John en este candoroso diálogo:

ALIEN: Al anochecer habremos abandonado vuestro planeta. No volveréis a vernos hasta que llegue la hora.
JOHN: Hora… ¿de qué? ¿hora de matar? ¿hora d
e invadirnos?
A: Tenemos alma y mente, y somos buenos.

J: ¿Por qué os escondéis?

A: Aún no estamos preparados para que seamos amigos.

J: ¿Por qué no?

A: Porque os horrorizaría vernos. Si hubierais caído vosotros en nuestro mundo sería diferente. Nosotros comprenderíamos.

La suspicacia del alienígena está justificada porque nosotros no comprenderíamos y porque, como dirá más tarde John al sheriff Matt, «lo que no comprendemos queremos destruirlo». Sobre todo cuando su aspecto es el de una especie de Mr. Potato gelatinoso, como uno de esos monstruos de Lovecraft con nombre de cereal de desayuno. Se trata de la misma desconfianza que el sheriff y el resto del pueblo mostraban hacia John, progresivamente retratado como un alien para la comunidad; pero aquí el eco del macartismo, el miedo a las delaciones y la sospecha paranoide hacia todo aquél que se desvíe de la norma resuena, en el sentido inverso al habitual, para conjurar la percepción xenófoba del alien.