Desde finales del siglo XIX, y en la estela del éxito editorial de George T. Chesney The Battle of Dorking (1871), una popular corriente de narraciones premonitorias sobre guerras futuras acostumbró a sus lectores a una sensacionalista exhibición de grandes campañas, artefactos bélicos, bombardeos y matanzas de civiles. Junto a la propaganda nacionalista y militarista escasamente encubierta de esta literatura surgió un título que relataba, también, una inminente contienda; pero no entre las grandes potencias del momento sino entre la humanidad y un insospechado invasor extraterrestre. En La Guerra de los Mundos (1898) de H. G. Wells Inglaterra es atacada por un ejército marciano que avanza hacia la victoria sin demasiados problemas hasta que, cuando todo parece perdido para los humanos, cae fulminado por su propia indefensión (inmunológica) frente a los microbios terrestres. Bajo este sencillo argumento Wells interpelaba a la conciencia culpable del imperialismo occidental –y a la del británico en particular-, mediante una analogía hábilmente articulada en dos momentos: desde el capítulo primero, el relato nos sitúa en el lugar de unas «inteligencias superiores» que escudriñan «aguda y atentamente» los asuntos humanos, estudiándolos «casi tan de cerca como pueden serlo en el microscopio las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua»:

A través de los abismos del espacio, espíritus que son a los nuestros lo que nuestros espíritus son a los de las bestias de alma perecedera; inteligencias vastas, frías e implacables, contemplaban esta tierra con ojos envidiosos y trazaban con lentitud y seguridad sus planes de conquista.

Desde esta especie de darwinismo interplanetario, los humanos parecemos a los marcianos unas criaturas «tan extrañas y tan poca cosa como nos lo son los monos y los lemúridos» (y desde ese momento toda la novela estará puntuada por metáforas animalizadoras del hombre: cuando el protagonista ve por primera vez las máquinas de guerra marcianas se pregunta «qué idea se formaría un animal inferior de una locomotora o de un acorazado», y de esas mismas máquinas nos dice más tarde que se ocupaban tanto de la gente que huía despavorida «como lo haría un hombre de la agitación de un hormiguero que hubiese destruido con el pie»). Pero inmediatamente el propio narrador introduce una segunda analogía, esta vez intraespecífica:

Antes de juzgarlos [a los marcianos] con excesiva severidad, debemos recordar que nuestra propia especie ha destruido completa y bárbaramente, no tan sólo especies animales (…), sino razas humanas inferiores. Los tasmanios, a despecho de su figura humana, fueron enteramente borrados de la existencia en exterminadora guerra de cincuenta años, que emprendieron los inmigrantes europeos. ¿Somos tan grandes apóstoles de misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque los marcianos combatieran con ese mismo espíritu?

De modo que, para ser más exactos, los marcianos son a la humanidad lo que las potencias coloniales han sido a los pueblos colonizados: incluso el inesperado desenlace de la narración aludía al colonialismo; en particular, a las cuantiosas bajas de los ejércitos europeos en Asia y África, a causa del paludismo, la disentería y tantas enfermedades tropicales a las que las tropas no estaban adaptadas. Así pues, desde su aparición, como escribe Julián Jiménez Heffernan, el marciano está ahí “como un espejo en miniatura que llevamos a todas partes, presto a devolvernos la imagen exacta de nuestra brutalidad. La hipótesis del marciano es una secreción figurativa, mal sublimada, de nuestros miedos reactivos. El imaginario marciano es, así, una coagulación simbólica de difusa mala conciencia. En el fondo, si vienen, si nos invaden, es porque algo habremos hecho”.

«Ya los artículos de los periódicos habían preparado los ánimos para juzgar verosímil el suceso»
H. G. Wells, La Guerra de los Mundos

En la noche del 30 de octubre de 1938, millares de norteamericanos quedaron aterrorizados por una emisión radiofónica que describía una invasión de marcianos que amenazaba a toda nuestra civilización. Es probable que en ninguna otra ocasión anterior tantas personas pertenecientes a todos los estamentos y en tantos lugares del país experimentaran un trastorno tan repentino e intenso como el de aquella noche”. Así escribía Hadley Cantril sobre la versión radiofónica de La Guerra de los Mundos conducida por Orson Welles y la posterior respuesta de pánico colectivo en la que –en palabras de su guionista Howard Koch– “las inquietudes de decenas de miles de americanos salieron a la superficie y se fundieron en una corriente de terror que sacudió a los Estados Unidos. Entre las nueve, hora de Nueva York, y la madrugada del día siguiente, objetos que sólo existieron en su imaginación volaron por encima de un gran número de hombres, mujeres y niños de pueblos y ciudades a lo largo del país”. El conocido estudio de Cantril sobre su recepción estimaba que aproximadamente seis millones de personas escucharon el programa, y al menos un millón de ellas se lo tomó en serio y reaccionó según sus características. Junto a éstas, un número indeterminado de personas que no estaba escuchando la radio fue alcanzado por el histerismo de alguna manera. ¿Cómo fue posible que tanta gente interpretara como informativa una emisión de tales contenidos y previamente anunciada con toda claridad como ficcional?

Los que sintonizaron con retraso la CBS, cuenta John Moffitt en Alienígenas (Siruela, 2006), “lo que oyeron fue el típico pasaje radiofónico «real»: el pronóstico del tiempo y la música de baile en directo interpretada por «Ramón Raquello» en un elegante local nocturno neoyorquino. Esta vaga diversión fue dramáticamente interrumpida por un «boletín de noticias» retransmitido desde Chicago por el «profesor Farrel» del «Observatorio de Mount Jennings», e inmediatamente confirmado por el «profesor Pierson» de la Universidad de Princeton. De acuerdo con los asombrados científicos, se acababan de observar en el planeta Marte varias explosiones de gas incandescente. Después de otro interludio musical a cargo de Raquello, las noticias posteriores hablaban de un gran objeto en llamas que se había estrellado en Grover’s Mill, cerca de Princeton, Nueva Jersey. El impresionado periodista «Carl Phillips» informó desde el lugar de los hechos de que el objeto en cuestión era un gran cilindro metálico. Ese misil interplanetario emitía un zumbido; Carl contó que estaban desatornillando su parte trasera. Entonces unos monstruos salieron de la nave; eran enormes, con caras oscuras como el cuero mojado y con forma de serpientes y ojos de insecto (…). Los extraterrestres procedieron entonces a liquidar a los policías de Nueva Jersey con un lanzallamas; sus aterrorizados gritos podían oírse con claridad. Los defensores americanos fueron aniquilados. Cuando llegó el momento de la inevitable pausa comercial, los marcianos habían atacado todo Estados Unidos. El resultado inmediato fue el pánico nacional”

Desde luego, sintonizar la emisión ya comenzada y desconocer esos anuncios fue en muchos casos una condición suficiente: la radio era en aquel momento el medio en el que el público norteamericano tenía más confianza como fuente de información, y el astuto recurso a los «expertos» (militares, astrónomos…) junto a la riqueza en la exposición de detalles apuntalaron el efecto de realidad. Más complicado resultaba explicar cómo alguien que sintonizara el programa desde el principio pudo haber tomado la representación por un noticiario; pero de nuevo ciertos indicios textuales promovieron la suspensión de incredulidad. “Muchas personas que sintonizaron la radio para oír una obra del Mercury Theatre” –dice Cantril- “creyeron que el programa normal había sido interrumpido para dar boletines especiales de noticias. La técnica no era nueva después de la experiencia con los informes por radio acerca de la amenaza de guerra en septiembre de 1938”. Pues en efecto, entre los principales factores de sugestión mencionados por Cantril no sólo figura el contexto de prolongada inseguridad económica, política y personal sino también, y de forma muy particular, la sensibilidad al clima prebélico: la amenaza de un inminente conflicto internacional gravitaba sobre la opinión pública de tal modo que muchos norteamericanos se encontraban favorablemente predispuestos a dar crédito a la noticia de una invasión por una potencia extranjera, “ya fuese ésta obra de los japoneses, de Hitler o de los marcianos”. Así lo reflejaba una de las respuestas citadas en el estudio:

El locutor dijo que un meteorito había caído desde Marte y yo estaba seguro de que él pensaba eso, pero en mi fuero interno yo tenía la idea de que el meteorito era sólo un camuflaje. Se trataba realmente de un avión tipo zepelín –parecido a un meteorito- y del ataque de los alemanes con bombas de gas.

De esta forma, como resume Koch, “muchos oyentes identificaron a las criaturas monstruosas con los alemanes. Dieron por sentado que Hitler había desarrollado un arma secreta devastadora y que estaba tomando el mundo entero. En una noche llena de terror nuestros miedos e inseguridades acumulados vinieron a pernoctar en nuestra casa”. Tanto si era interpretada en su literalidad como si lo era desde otros códigos menos fantásticos, la emisión radiofónica de La guerra de los Mundos engarzó hábilmente en los resortes de estas ansiedades generando en parte una especie de reacción catártica colectiva; y en ella la figura del marciano aparecía de nuevo como la encarnación desplazada de un enemigo no tan remoto.

Cuando en 1949 Radio Quito (Ecuador) emitió un programa similar y se reprodujo la reacción pánica, los responsables se apresuraron a aclarar que se trataba de una obra de ficción. El anuncio no sentó bien entre quienes ya habían hecho planes para el fin del mundo, y una enfurecida muchachada con latas de gasolina se acercó a las instalaciones radiofónicas para prenderlas fuego. En el incendio murieron veinte personas y hubo veinte heridos.

Hay bromas que sólo se pueden gastar una vez.

Guión radiofónico y mp3 de la emisión

Videojuegos políticos

octubre 27, 2006

La Molleindustria

En concierto el 26 de octubre a las 21:30 en el San Juan Evangelista.
Mas información en su página.

Q era un hombre de gran sabiduría felizmente casado con una mujer mucho más joven que él. Una noche que volvía a casa antes que de costumbre, un criado de toda confianza le salió al paso y le dijo:

-Hoy la conducta de tu esposa ha sido sospechosa. Permíteme que te lo diga. Se ha encerrado en su habitación con un baúl lo bastante grande como para contener el cuerpo de un hombre. Pertenecía a tu abuela y no debería contener más que viejos bordados. Creo que si lo abres no encontrarás ni un solo bordado. Tu esposa no ha permitido que nadie lo tocara, ni siquiera yo, el más antiguo y devoto de tus sirvientes.

Q entró en la habitación de su esposa. Ella estaba sentada junto al sólido baúl.

-¿Puedes enseñarme lo que hay dentro del baúl, oh, querida esposa?- preguntó .

-¿Por qué quieres verlo? ¿acaso sospechas de mí? ¿o confías antes en la lengua envenenada de ese sirviente…?

-¿No sería más sencillo abrirlo, sin buscar más razones?

-Creo que no es posible –dijo la mujer.

-¿Está cerrado?

-Sí.

-¿Dónde está la llave?

La mujer mostró la llave en la palma de su mano y dijo:

-Despide a ese criado y te daré la llave.

El criado fue despedido fulminantemente. La mujer, turbada, le dio la llave a su marido y salió de la habitación.

Q pensó un momento.

Cuando hubo imaginado todas las posibilidades, que eran muchas, hizo llamar a los jardineros. Les pidió que en plena noche transportaran el baúl hasta el campo y que lo enterraran a gran profundidad. Cosa que, visto lo precario del empleo en esa casa, hicieron de inmediato.

Nunca se volvió a hablar del baúl en casa de Q.

Leído en El círculo de los mentirosos de Jean-Claude Carrière

Temporada de infierno

octubre 5, 2006

Steven Meisel: State of emergency