Citizen dog (2005)

enero 25, 2007

Ahí va otro de esos títulos raritos raritos que nos gusta dejar en La Marmitácora: Citizen dog, de Wisit Sasanatieng.

Pod deja su pueblo para buscarse la vida en Bangkok. Allí trabaja en una fábrica de envasado de sardinas donde pierde el dedo índice. Pero en esta película hasta los accidentes laborales son surrealistas. Pod recorre los supermercados de la ciudad en busca de esa lata que contiene su dedo; y encuentra uno, aunque resulta ser de otro compañero de trabajo que a su vez ha encontrado el de Pod. Se intercambian dedos y tan amigos. No obstante busca un trabajo menos extremo y se mete a vigilante en un edificio donde conoce a y se enamora de Jin, una joven con una pedrada importante. Jin está obsesionada con un libro que cayó desde un avión en pleno vuelo, de cubiertas blancas y escrito en un enigmático idioma extranjero, pero escrito para ella. También trata de salvar al mundo de la amenaza del plástico, recogiendo compulsivamente todos los envases que encuentra; pero parece desconocer la noción de reciclaje y los amontona frente a su casa hasta generar una montaña de deshechos que termina transformándose en un oasis en el corazón de la ciudad donde la gente va de picnic, como en Central Park o la Casa de Campo. Los personajes secundarios, por su parte, son más normales: la abuela de Pod —que se reencarna en lagarto—, el motorista zombie —que murió bajo una lluvia de cascos—, una niña de ocho años que cree tener veintidós y su oso de peluche que habla, fuma y bebe como el español medio.

Las reseñas se apuntaron en su día al cliché de «la versión Thai de Amélie»; y lo cierto es que algo tiene de Jeunet y su estética naif: la fotografía dominada por colores apastelados de pijama infantil, los cielos retocados por ordenador como en un folleto turístico. También la esforzada intrascendencia, porque detrás de tanto delirio y tanto colorín uno encuentra un mensaje de vacuidad sorprendente, incluso para los estándares de la época. Aún así, sólo por la audacia visual queda como recomendación cinematográfica del mes. Venga.

Caro data vermibus

enero 17, 2007

One afternoon in 1625, Francis Bacon was watching a snowstorm and was struck by the wondrous notion that maybe snow could be used to preserve meat in the same way that salt was used. Determined to find out, he purchased a chicken from a nearby village, killed it, and then, standing outside in the snow, attempted to stuff the chicken full of snow to freeze it. The chicken never froze, but Bacon did.
In 1911, Jack Daniel, founder of the Tennessee Whiskey distillery, died of blood poisoning six years after receiving a toe injury when he kicked his safe in anger at being unable to remember its combination code.
In 1916, Grigori Rasputin, russian mystic, died of drowning while trapped under ice. Although the details of his murder are disputed, he was allegedly placed in the water through a hole in the winter ice after having been poisoned, bludgeoned and shot multiple times in the head, lung, and liver.

Antologías de muertes insólitas, aquí y aquí.
Y porque de todo puede pasar en este perro mundo, ahí van dos enlaces que pueden interesar a los más previsores. Es increíble lo que encuentra uno en la internet esa.
Respecto a los suicidios, que es a lo que viene la foto, también los hay bizarros, como el de míster Ronald Opus.
Como postre de este macabro menú de enlaces los dejo con bunny suicides (gracias, redanna).

BONUS TRACK (ACTUALIZACIÓN DEL 25/01): este patito para el baño.

Los detectives

enero 10, 2007

Soñé con detectives perdidos en la ciudad oscura.

oí sus gemidos, sus náuseas, la delicadeza

de sus fugas.

Soñé con dos pintores que aún no tenían

40 años cuando Colón

descubrió América.

(Uno clásico, intemporal, el otro

moderno siempre,

como la mierda.)

Soñé con una huella luminosa,

la senda de las serpientes

recorrida una y otra vez

por detectives

absolutamente desesperados.

Soñé con un caso difícil,

vi los pasillos llenos de policías,

vi los cuestionarios que nadie resuelve,

los archivos ignominiosos,

y luego vi al detective

volver al lugar del crimen

solo y tranquilo

como en las peores pesadillas,

lo vi sentarse en el suelo y fumar

en un dormitorio con sangre seca

mientras las agujas del reloj

viajaban encogidas por la noche

interminable.

Roberto Bolaño, Los perros románticos (Lumen, 2000)

Puede descargarse el texto completo en Katarsis.

Mike Libby | Insect Lab

enero 10, 2007

Más aquí.

El regalo envenenado

enero 7, 2007

Cuando mueras, los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás adormecido, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán a elegir las cosas que preferiste a lo largo de la vida. En una suerte de muestrario, al principio, te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones, haciéndote creer que eres todavía niño; te sentarán en una silla de manos, llamada también la silla de la reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos entrelazadas, por aquellos corredores, al centro de tu vida, donde moran tus preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo, irás tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del Cielo que del Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas celestiales denotará mera concupiscencia.

Las leyes del Cielo y del Infierno son versátiles. Que vayas a un lugar o a otro depende de un íntimo detalle. Conozco personas que por una llave rota o una jaula de mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario o una taza de leche, al Cielo.

Silvina Ocampo,”Informe del Cielo y del Infierno”,
en
La Furia y otros cuentos (Sur. Buenos Aires, 1959)