Antonio Gamoneda | Lápidas

octubre 23, 2007

 

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«Eran tiempos atravesados por los símbolos. Tuve un cordero negro. He olvidado su mirada y su nombre.

»Al confluir cerca de mi casa, las sebes definían sendas que, entrecruzándose sin conducir a ninguna parte, cerraban minúsculos praderíos a los que yo acudía con mi cordero. Jugaba a extraviarme en el pequeño laberinto, pero sólo hasta que el silencio hacía brotar el temor como una gusanera dentro de mi vientre. Sucedía una y otra vez; yo sabía que el miedo iba a entrar en mí, pero yo iba a las praderas.

»Finalmente, el cordero fue enviado a la carnicería, y yo aprendí que quienes me amaban también podían decidir sobre la administración de la muerte.»

Antonio Gamoneda, Lápidas (Abada, 2006)

Ilustración: Michael Hussar (detalle)

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El cerebro de Darío

octubre 10, 2007

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Leo en este enlace algunas curiosidades sobre el destino de tal parte del cuerpo de tal personaje célebre y recuerdo otro caso bizarro que contaba Rafa Reig en el Manual de literatura para caníbales (cuya lectura ya recomendaba en esta entrada no hace mucho, pero vuelvo a hacerlo). Resulta que el 6 de febrero de 1916, durante la autopsia de Rubén Darío (y tras extirparle una especie de bala de cañón que alguna vez fue un hígado), “el doctor Louis Henry Debayle, que aseguraba ser descendiente de Stendhal, decidió extraer el cerebro. Era seguidor de las teorías de Lombroso y estaba empeñado en saber si pesaba más o menos que el de Víctor Hugo”. Al parecer, y según continúa el relato de Rafael, el médico salió de la casa con el cerebro en un frasco. Y el cuñado del poeta salió también, un poco más tarde, en su persecución: ya tenía apalabrada la venta del órgano a un museo de Buenos Aires. Tras una violenta discusión (frasco roto y cerebro tirado en el suelo como un pájaro muerto), la policía interviene y se llevan a todos al cuartelillo, donde esa misma noche el cerebro de Darío es robado y desaparece para siempre:

“Hasta hoy mismo, su paradero es fuente de las especulaciones más disparatadas. Unos afirman que acabó en el burdel de La Caimana. Otros aseguran que el dictador Anastasio Somoza se lo comió crudo, para apoderarse así de su talento, como, según él decía, era costumbre entre los indígenas chorotegas (…). Otros afirman que lo robaron los sandinistas durante el asalto a la casa de doña Emelina Tercero de Debayle, en 1979, y que luego lo destruyeron en un acto de exorcismo revolucionario.”

El caso es que el cerebro de Darío puede andar por ahí, en un frasquito de formol, en manos de un coleccionista colgado, o tal vez en las estanterías polvorientas de un laboratorio universitario, olvidado entre cientos de otros experimentos frustrados, un poco como el Arca de la Alianza al final de Raiders of the Lost Ark. A mí me da miedo, esto. Quiero decir que me gustaría protegerme de estas eventualidades, mediante una cláusula testamentaria o algo. Evitar que mi cuerpo cayera en manos de uno de estos espabilados. Que luego pasan cosas muy raras.