matrix-pills

En su número de este mes, los amigos de la de la revista Hélice (gracias especialmente a Antonio Rómar) han incluido un artículo que escribí hace tiempo (pero cuyas luminosas intuiciones siguen vigentes) sobre la representación de la tecnología y las drogas en la literatura ciberpunk. Casi nada.

Hace tiempo que se viene llamando la atención sobre el valor de la ciencia ficción contemporánea como intento de representación y comprensión de nuestro presente; y, más allá de esta constatación, autores como Fredric Jameson han afirmado, con mayor énfasis, que el aparato figurativo del género «está devolviendo más información fiable sobre el mundo contemporáneo de lo que pueda hacerlo un realismo agotado». Desde que la heterodoxa periferia cultural de la serie B cinematográfica tratara casi en exclusiva con la inquietud nuclear hasta las actuales distorsiones distópicas del presente, la CF ha constituido un ámbito de representaciones privilegiado para explorar sucesivas transformaciones sociales y culturales —junto a las ansiedades que generan—, y no sólo ya las de naturaleza científico-técnica a las que tradicional y equívocamente se había asociado en exclusiva.
Quizá la corriente que mejor representa esta particular musculatura del género para la cartografía del presente sea el
cyberpunk, aquel movimiento surgido a principios de los ochenta que con el tiempo iría tomando forma y consolidando su identidad más allá de sus fronteras literarias.

Y no vean cómo acaba. Léanlo completo en el número 11 de Hélice (pdf).