El pisapapeles

noviembre 14, 2010

La lluvia se intensificó un poco y yo corrí por el callejón hasta alcanzar la ruinosa puerta de la tienda de antigüedades y curiosidades. Gustav, mi mejor amigo y el mayor granuja de nuestro club, había vencido con apasionados argumentos el natural escepticismo del que adolezco para con lo llamado sobrenatural, empujándome a visitar este establecimiento de mercancías en absoluto seductoras.
―Cierre la puerta.
No me sobresaltó lo más mínimo la campanilla, ni la rechinante voz del hombrecillo ratonil que uno sabe siempre que encontrará en estos mugrientos lugares. A causa de la oscuridad mi visión primera se redujo a la de unas estanterías repletas de colgaduras y objetos polvorientos.
―Bienvenido. Tengo lo que necesita ―dijo el quincallero.
―No me moleste ―respondí, sin dignarme bajar los ojos hacia las arrugas que eran su rostro―. Sólo deseo husmear.
―¡Miente! Usted busca algo extraordinario. Sígame.
Consideré la perspectiva del desapacible estado atmosférico exterior y, con una prudencial desconfianza, pasé al otro lado del mostrador.
A la menguante luz del candil pude asistir a una más exacta conformación de los genuinos artículos que me rodeaban: fusiles de chispa con adornos de cobre, pífanos, dentaduras de tiburón, bajorrelieves hindúes, muebles victorianos, tapices, primitivos libros y todo tipo de rarezas embotelladas. Nuestros pasos hacían crujir el suelo de madera carcomida. No me cabía duda que tras el pasillo atestado de sombras y de tesoros oxidados penetraríamos en un húmedo cuarto abovedado. Nada de lo que allí me mostró el anticuario me causó una extrema impresión, exceptuando quizá una sucia vitrina donde se amontonaban algunos camaleones embalsamados. El viejo me arrastró débilmente al centro de la trastienda. Sobre una mesa, entre otros abalorios, uno de esos pisapapeles en forma de inofensiva bola de navidad parecía irradiar un brillo propio aunque insignificante.
―Mírelo fijamente ―dijo el hombrecillo.
Lo complací. Pero ello no me procuró ninguna emoción, no me hipnotizó ni alteró mi pulso. Cuando aparté la vista de la opalescencia de aquella esfera cristalina, pregunté decepcionado:
―¿Eso es todo? ¿No tiene otras cosas?
―Eso es lo más extraordinario que tengo.
Me volví inmediatamente y aceleré el paso en busca de la salida. Conturbado por un vulgar sentimiento de estafa salté el pequeño mostrador y me dispuse a abrir la puerta. Un moscardón reluciente zumbaba en torno al pomo. Extendí implacablemente mi lengua y lo cacé.

Ángel Olgoso, Los líquenes del sueño (Tropo editores, 2010)

Ilustración de Óscar Sanmartín