junio 20, 2012

Durante mucho tiempo sólo estuvimos tonteando. Nada serio. Supongo que no estaba preparado para el tipo de compromiso que ella esperaba. Ya sabéis, decir adiós a los amigos, a las fiestas…, a otras relaciones… No, no podía con eso. Además, había algo raro en ella. No sé, no sabría precisarlo. Hablaba muy poco de sus cosas. Lo que al principio parecía el acompañamiento natural del look gótico —siempre de negro, pálida, extremadamente delgada— se fue abriendo paso con el tiempo como la huella de algo traumático: un desgraciado episodio infantil, tal vez un trastorno alimentario arrastrado desde la adolescencia.

A mis amigos nunca les gustó demasiado. Trabajaba de noche. Apenas dormía. Viajaba mucho. Fumaba hasta en la ducha. Un sentido del humor atroz, tanto que a menudo daba miedo. Conservadora en la cama. Pero qué queréis. Le encantaban los ancianos. Y las flores. Los relojes también, tenía una colección impresionante. Los insectos. La nieve.

El caso es que lo dejamos. Lo dejé yo. Ocurrió así: cuando anuncié mi deseo de terminar con la relación, se me quedó mirando, como procesando la información. Ya está, pensé, ahora es cuando hace click. Ahí me asusté. Pero no. Se recompuso.  Está bien, está bien. Estoy segura de que volveremos a vernos, dijo como abstraída, y entonces será para algo serio.

2 comentarios to “”

  1. AQUÏ EL HIMNO DE LA LEGIÓN

    Nadie en el Tercio sabía
    quien era aquel legionario
    tan audaz y temerario
    que a la Legión se alistó.

    Nadie sabía su historia,
    más la Legión suponía
    que un gran dolor le mordía
    como un lobo, el corazón.

    Más si alguno quien era le preguntaba
    con dolor y rudeza le contestaba:

    Soy un hombre a quien la suerte
    hirió con zarpa de fiera;
    soy un novio de la muerte
    que va a unirse en lazo fuerte
    con tal leal compañera.

    Cuando más rudo era el fuego
    y la pelea más fiera
    defendiendo su Bandera
    el legionario avanzó.

    Y sin temer al empuje
    del enemigo exaltado,
    supo morir como un bravo
    y la enseña rescató.

    Y al regar con su sangre la tierra ardiente,
    murmuró el legionario con voz doliente:

    Soy un hombre a quien la suerte
    hirió con zarpa de fiera;
    soy un novio de la muerte
    que va a unirse en lazo fuerte
    con tal leal compañera.

    Cuando, al fin le recogieron,
    entre su pecho encontraron
    una carta y un retrato
    de una divina mujer.

    Y aquella carta decía:
    “…si algún día Dios te llama
    para mi un puesto reclama
    que buscarte pronto iré”.

    Y en el último beso que le enviaba
    su postrer despedida le consagraba.

    Por ir a tu lado a verte
    mi más leal compañera,
    me hice novio de la muerte,
    la estreché con lazo fuerte
    y su amor fue mi ¡Bandera!

  2. Pablo said

    Pensé en titularlo así, pero quedaba todo demasiado explícito

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